Un día en Lisboa: La ruta turística más clásica

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La luz del sol de la mañana se filtraba suavemente a través de las rendijas de las cortinas, calentando el aire y comenzando a iluminar mi primer día en Lisboa. El aire era fresco, con un leve toque salino del mar, y cada respiro me permitía sentir el pulso de la ciudad. A las 7:30 de la mañana, algunas calles ya comenzaban a llenarse de actividad. Los puestos de desayuno olían a café recién hecho, mientras los transeúntes caminaban con calma. Todo parecía al mismo tiempo familiar y extraño, y me sentía como un recién llegado, lleno de expectativas para explorar este lugar.

Mi alojamiento estaba cerca del barrio de Baixa, por lo que al salir del hotel, vi calles anchas y ordenadas, con tranvías amarillos que avanzaban lentamente por las esquinas, como una especie de símbolo de la ciudad. Las calles de Lisboa estaban llenas de edificios de estilos variados, cada uno con su propia historia y relato. Al caminar por estas calles, parecía que las huellas del tiempo se impregnaban en cada ladrillo y cada piedra.

1. Mañana: Comenzando en la Plaza del Comercio (Praça do Comércio)

Decidí comenzar mi recorrido en una de las plazas más representativas de Lisboa, la Plaza del Comercio. Esta plaza es el corazón de la ciudad y se encuentra junto a la costa. Al estar en la plaza, sentí la grandiosidad del espacio y la elegancia de los edificios que la rodean, los cuales presentan un estilo clásico y majestuoso, como si hubiera entrado en otra época. Lo que más destacaba era el Arco de la Rua Augusta, un majestuoso arco de triunfo en el centro de la plaza. Este arco fue construido para conmemorar la reconstrucción de la ciudad tras el terremoto de 1755, y al observarlo, uno puede sentir la carga histórica que se desprende de su estructura.

Paseando por la plaza, el sonido del viento y las olas del mar llegaban a mis oídos, mientras miraba hacia el océano, lo que me permitió relajarme y despejar la mente. En la plaza había muchos cafés, por lo que elegí uno con terraza al aire libre y pedí un café portugués, que es esencial en la vida cotidiana de Lisboa. Sentado en la terraza, disfruté de la intensidad de este café mientras me dejaba llevar por el paisaje y la tranquilidad que ofrecía la plaza.

2. Mañana: Explorando el Barrio de Alfama (Alfama)

Después de mi café, decidí ir a explorar el barrio de Alfama, el más antiguo de Lisboa, y sin duda uno de los lugares más encantadores y llenos de historia. Las calles de Alfama son estrechas y serpenteantes, como un laberinto, y caminar por ellas me hizo sentir que había viajado en el tiempo. Las fachadas de los edificios estaban cubiertas de azulejos de colores vibrantes, y las paredes brillaban con la luz del sol.

Me adentré en uno de los callejones, y de repente, me encontré con viejos sentados al sol frente a sus casas, mientras niños jugaban en la calle. El aire estaba lleno de la esencia de la vida local. A lo largo del camino, las tiendas ofrecían todo tipo de productos artesanales, vino portugués y las tradicionales tapas lisboetas. Mientras caminaba, llegué a la Catedral de Lisboa (Sé de Lisboa), una de las iglesias más antiguas de la ciudad, construida en el siglo XII. La iglesia es un claro ejemplo del estilo gótico y románico, y al entrar en ella, me sentí rodeado por una atmósfera solemne y reverente, como si el tiempo se hubiera detenido en su interior.

Seguí subiendo por las empinadas calles del barrio, y finalmente llegué al Castillo de San Jorge (Castelo de São Jorge). Desde su cima, la vista panorámica de Lisboa era impresionante, con los tejados rojos de las casas, las calles que serpenteaban por la ciudad y el azul intenso del océano. A medida que el sol ascendía, la luz dorada iluminaba las antiguas murallas del castillo, haciendo que este lugar adquiriera aún más encanto.

3. Mediodía: Probando la gastronomía tradicional portuguesa

Después de explorar Alfama, el hambre comenzaba a asomarse, por lo que decidí ir a un restaurante local para probar la comida tradicional portuguesa. En el menú, uno de los platos que más me llamó la atención fue el «Bacalhau à Brás», un plato emblemático de la gastronomía portuguesa. Este plato se prepara con bacalao desmenuzado, papas fritas en hilos, cebolla y huevo revuelto, y tiene un sabor delicioso y muy reconfortante.

El ambiente del restaurante era acogedor y cálido, y el camarero me explicó con entusiasmo la historia de este plato, que es considerado un “plato nacional” en Portugal, ya que el bacalao es conocido como el «pescado nacional». Sentado entre las paredes adornadas con azulejos tradicionales y muebles de madera, disfruté de la comida mientras la atmósfera tranquila del lugar me rodeaba. El tiempo parecía detenerse en ese momento, y pude disfrutar de la armonía entre la comida y el ambiente relajado que se respiraba.

4. Tarde: Dirigiéndome al Barrio de Belém (Belém)

Después de comer, decidí visitar el Barrio de Belém, otro de los destinos turísticos más importantes de Lisboa. Aunque se encuentra algo alejado del centro, Belém alberga algunos de los monumentos más emblemáticos de la ciudad. Mi primera parada fue la Torre de Belém (Torre de Belém), construida en el siglo XVI, y que se considera uno de los símbolos más representativos de Portugal. Desde la torre, se tiene una vista espectacular del río Tajo y de los alrededores. La torre, con su estilo medieval, fue testigo de la época dorada de las exploraciones marítimas portuguesas.

Después de visitar la torre, caminé unos minutos hasta el Monasterio de los Jerónimos (Mosteiro dos Jerónimos), una de las construcciones más grandiosas de Portugal, que refleja el estilo manuelino. La iglesia y el claustro del monasterio son una obra maestra arquitectónica, con detalles elaborados y una atmósfera de paz y serenidad. Al caminar por su interior, se podía sentir la presencia de siglos de historia y religiosidad.

Cerca del monasterio, me detuve en la famosa pastelería de Belém, donde se venden los tradicionales «Pastéis de Belém», un tipo de tarta de crema portuguesa que es conocida en todo el mundo. Con una receta secreta, estas tartas están hechas de una pasta crujiente rellena con una crema suave y dulce. Al probar una, sentí que estaba saboreando no solo una deliciosa tarta, sino también una parte importante de la cultura de Lisboa.

5. Tarde-Noche: Paseo por la ribera del río Tajo (Ribeira das Naus)

A medida que el día llegaba a su fin, decidí dar un paseo por la ribera del río Tajo (Ribeira das Naus). Este es uno de los mejores lugares de Lisboa para ver la puesta de sol. Los rayos dorados del sol se reflejaban en las aguas del río, creando una atmósfera mágica y tranquila. Los lisboetas paseaban por el paseo marítimo, algunos se sentaban en bancos para disfrutar de la conversación y la calma del momento.

Mientras caminaba, me di cuenta de algo: la belleza de Lisboa no radica solo en sus monumentos, su comida o sus calles. La esencia de la ciudad está en su gente y en el ritmo relajado de su vida diaria. En Lisboa, el tiempo parece moverse más lentamente, y esa sensación me brindaba una paz que no había experimentado antes.

Al caer la noche, las luces de la ciudad comenzaron a brillar. La luz cálida de las farolas iluminaba las calles, creando un ambiente acogedor. Finalmente, decidí cenar en un restaurante cercano a mi hotel, donde pedí un «Arroz de Marisco» (arroz con mariscos). Este plato es una especialidad local, y cada bocado estaba lleno de sabor a mar, con arroz perfectamente cocinado y mariscos frescos que se deshacían en la boca. La cena fue el broche de oro para un día lleno de descubrimientos y emociones.

Tras este día completo de exploración, me di cuenta de que Lisboa es una ciudad que va mucho más allá de sus monumentos y atracciones turísticas. Cada rincón, cada calle y cada comida me permitió adentrarme más en su historia, cultura y vida cotidiana. Lisboa me dejó una huella profunda, llena de recuerdos que perdurarán por mucho tiempo.

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